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miércoles, 29 de agosto de 2018

El comportamiento de los consumidores


¿Se comportan los consumidores de forma racional?

El incremento de la competencia, los rápidos cambios del entorno y el aumento de las exigencias de los consumidores requieren que las empresas estudien y comprendan el comportamiento del consumidor.

EduRead

El estudio del comportamiento del consumidor se centra en el conjunto de actos de los individuos que se relacionan directamente con la obtención, uso y consumo de bienes y servicios. Incluye el estudio del por qué, el dónde, con qué frecuencia y en qué condiciones consumimos los diferentes bienes o servicios. La finalidad de esta área es comprender, explicar y predecir las acciones humanas relacionadas con el consumo.

El estudio del comportamiento del consumidor plantea múltiples dificultades:
  • Los consumidores no suelen ser plenamente conscientes de por qué compran un producto o una determinada marca.
  • Los consumidores a menudo no queremos revelar la verdad.
  • Los consumidores no decimos la verdad.
  • Con frecuencia intentamos comunicar mucho más de lo que realmente sabemos.
  • Los consumidores somos complejos.
  • Las emociones internas como nuestra afectividad nos impulsan frecuentemente hacia reacciones no meditadas, impulsivas, irreflexivas e incluso incoherentes.


Por tanto, se puede decir que los consumidores presentan una racionalidad limitada, además de manejar información imperfecta e incompleta. A esto debe agregarse que el uso que se haga de esta información depende además de otros factores como experiencia, ambiente, incentivos, capacidad de entendimiento, complejidad de la información, entre otros. Por estas razones se hace muy difícil homogeneizar el comportamiento de las personas, identificar que les motiva y qué necesitan.

En este sentido, el marketing trata de satisfacer necesidades y deseos e identifica, crea, desarrolla y sirve a la demanda. Por ello, es aconsejable precisar qué se entiende por necesidad, deseo y demanda.

La «necesidad» es una sensación de carencia de algo, un estado fisiológico o psicológico, que es común a todos los seres humanos, con independencia de los factores étnicos y culturales. Puede tratarse de la sensación de carencia de necesidades básicas de alimentación, vestido, calor y seguridad; necesidades sociales de pertenencia y afecto; y necesidades individuales de conocimientos y expresión personal. Estas necesidades no han sido creadas por los profesionales de marketing, sino que son parte inherente de la condición humana.

Por su parte, un «deseo» es la forma concreta en la que se expresa la voluntad de satisfacer una necesidad, de acuerdo con las características personales del individuo, los factores culturales, sociales y ambientales, y los estímulos del marketing. Así, por ejemplo, la manera de satisfacer la necesidad básica de comer varía según la cultura y según la edad. El deseo supone, pues, un acto de voluntad, posterior a la necesidad.

Finalmente, la «demanda» es una formulación expresa de un deseo, que está condicionada por los recursos disponibles del individuo o entidad demandante, así como por los estímulos de marketing recibidos. Las necesidades son ilimitadas, pero los recursos son escasos, según se expresa habitualmente en economía. En consecuencia, los compradores asignan estos recursos de modo distinto, según sus preferencias. Así, dados sus deseos y recursos, los individuos exigen productos que ofrezcan el máximo valor y satisfacción.

El marketing, por tanto, actúa fundamentalmente sobre la demanda. Identifica, crea o desarrolla la demanda, haciendo posible que los deseos se conviertan en realidad. Además, como factor cultural que es, contribuye a orientar los deseos y canalizarlos hacia demandas efectivas. No se debe, en consecuencia, crear necesidades artificiales, pues éstas acabarán desapareciendo. Los posibles compradores terminarán rechazando siempre aquello que realmente no necesitan.

No es fácil, sin embargo, traducir en términos operativos las necesidades de los consumidores. Puede ser que éstos no sepan lo que quieren o sean incapaces de expresarlo hasta que se enfrentan a elecciones específicas. Y en algunas ocasiones quieren que se les diga qué tienen que comprar, e incluso que se les presione.

A menudo, deben percibir los productos de forma tangible, antes de que puedan juzgar, porque no son capaces de percibir cómo los atributos de un producto están conectados con sus necesidades hasta que lo prueban. Por otra parte, los consumidores pueden ser inconsistentes al fijar sus preferencias y necesidades, pidiendo que un producto reúna simultáneamente características muchas veces contrapuestas (por ejemplo, calidad y bajo precio).

Además, en no pocas ocasiones, el consumidor se muestra irracional a la hora de concretar sus decisiones de consumo, no teniendo en cuenta el coste de oportunidad inherente a cada elección.

Veamos un ejemplo:
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Supongamos que tenemos que comprar un disco de vinilo de nuestro grupo preferido y un ordenador. Para ello tenemos las dos alternativas siguientes:
Para el disco, podemos comprarlo en la tienda que hay debajo de casa a 35 euros o bien comprarlo en el centro comercial que tenemos a 30 minutos andando de casa por 25 euros.
Y para el ordenador, también podemos comprarlo en la tienda que hay debajo de nuestra casa por 1.060 euros, o bien comprarlo en el centro comercial por 1.050 euros.
¿Cuáles serían nuestras decisiones de consumo?

Teniendo en cuenta un estudio donde se planteó un supuesto parecido, la mayoría de las personas contestaron que viajarían al centro comercial para ahorrar 10 euros en el disco de vinilo, pero que comprarían el ordenador 10 euros más caro en la tienda de al lado de casa.  No obstante, si la gente actuara de forma racional daría la misma respuesta para ambos productos, es decir, se iría al centro comercial a comprar los dos productos.
Por tanto, en un modelo de elección racional, es incoherente responder de forma distinta en los dos casos. Una persona racional irá al centro comercial sí y sólo sí el beneficio de ir es superior a los costes. Y en estas comprar, el beneficio es de 10 euros en ambos casos, por lo que, si tiene sentido ir al centro comercial en un caso, también tiene sentido ir en el otro.
No obstante, tal y como se demostró con el estudio (Kahneman y Tversky, 1981), la mayoría de los consumidores no actuarían de manera racional, considerando que el porcentaje de ahorro en el caso del ordenador no es suficiente como para desplazarse al centro comercial.
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Otro comportamiento irracional es aquel que tiene en cuenta costes hundidos a la hora de tomar una decisión de consumo. Los costes hundidos son aquellos recursos que ya han sido gastados en un momento pasado y que, por tanto, no deberían condicionar una decisión en el presente.

Entonces, ¿por qué una persona que ha comprado entradas anticipadamente para un concierto podría estar dispuesta a conducir en medio de una tormenta, sólo para no sentir que ha perdido el dinero de la entrada? ¿Su actitud sería la misma si las entradas le hubiesen sido regaladas? Visto en un ejemplo similar, ¿por qué, aunque una película de cine no nos haya gustado en lo absoluto (e incluso nos aburra), continuamos viéndola hasta el final? ¿Cambiaría nuestra decisión si nos hubieran regalado las entradas?

Veamos otro ejemplo:
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Imagina que has reservado y pagado anticipadamente 50 euros por una cena (con menú preestablecido) para ti y tu pareja, en un elegante y muy concurrido restaurante, en el que no se hacen devoluciones de dinero. A última hora, un amigo te llama para invitarte a cenar en su casa, donde asistirá un viejo amigo en común que vive en otra ciudad. A ti te encantaría verlo, y de hecho, si pudieras elegir libremente preferirías cenar con tus amigos. Pero dadas las circunstancias anteriores ¿A cuál de los dos lugares irás a cenar? ¿Por qué?
 a) Restaurante
 b) Casa de amigo

Esta pregunta se planteó en un estudio, evidenciando que las personas no dejan de lado los costes hundidos en el momento de tomar sus decisiones.
Un 70% de los encuestados eligieron la alternativa de ir a comer al restaurante, a pesar de que preferían cenar en casa de sus amigos, argumentando que ya habían pagado por la comida y no estaban dispuestos a perder 50 euros. Sólo una pequeña parte de los encuestados (cerca del 6%) eligió la alternativa “casa de amigo” advirtiendo la existencia de costes hundidos al tomar su decisión. Estas personas exponían argumentos como “el gasto ya está hecho” o “ya pagué la cena”.
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No podemos olvidar tampoco el efecto que ejercen las emociones a la hora de tomar decisiones. El influjo de éstas ha sido estudiado por autores como Dan Ariely o Martin Lindstrom. El ejemplo por antonomasia de este fenómeno es el efecto que en los consumidores provoca la palabra «gratis».

El consumidor no sabe por qué compra. En la mayoría de las ocasiones es un simple impulso emocional, que por muy simple que parezca, termina en una decisión de compra favorable para la marca.

Por ejemplo, la fragancia de un perfume puede evocar distintas sensaciones. Si el cliente la asocia con experiencias dolorosas, es muy probable que no lo compre, aunque la relación precio-calidad sea más que razonable.

Por otro lado, también se puede comprobar que el consumidor no es estrictamente racional en su percepción de las ofertas, puesto que suele preferir la opción de una toalla con la cual se regala otra, que la misma a mitad de precio.

En este sentido, utilizar muestras gratuitas es una buena estrategia, ya que los consumidores perciben el cambio de marca como algo que implica riesgo, riesgo psíquico de equivocarse o riesgo económico. Los consumidores están habituados a unas determinadas opciones y tienen miedo al cambio, a probar nuevos productos, nuevos sabores, nuevas marcas, nuevas tecnologías. Al proporcionar muestras gratuitas a los consumidores, facilitamos el cambio de marca.

Para comprender mejor el comportamiento del consumidor, recomiendo ver el siguiente documental correspondiente al programa Redes para la ciencia emitido en TVE2. Se titula «Somos predeciblemente irracionales» y en él, entre otras cosas, se puede comprobar el efecto de la palabra “gratis” en la toma de decisiones.



CONCLUSIONES

  • La toma de decisiones de consumo no es un proceso racional, es decir, los clientes no examinan conscientemente los atributos de un producto o servicio para adquirirlo.
  • Las emociones afectan de una manera determinante en el comportamiento de las personas.
  • En la mayoría de los casos, el proceso de selección es relativamente automático y deriva de hábitos y otras fuerzas como la personalidad, las características neurofisiológicas y el contexto físico y social que nos rodea.
Forges

FUENTES:


  • Kotler, P. (2017). Los 10 pecados capitales del marketing: signos y soluciones. Barcelona, España: Ediciones Gestión 2000.
  • Lindstrom, M. (2012). Buyology: verdades y mentiras sobre por qué compramos. Barcelona, España: Ediciones Gestión 2000.
  • Smart Planet (2008). Somos predeciblemente irracionales. Redes para la ciencia [Programa de televisión]. Madrid, España: Televisión Española.
  • Kahneman, Daniel y Amos Tversky (1981). “The framing of decisions and the rationality of choice”. Science Nº 211


miércoles, 25 de julio de 2018

El economista naturalista de Robert H. Frank


Una buena recopilación de preguntas y casos prácticos para desarrollar la lógica económica y dinamizar la práctica en el aula.
 Robert H. Frank


El economista Robert H. Frank trata de buscar explicaciones a cosas aparentemente sencillas de la vida y en las que seguramente no pensarías, al mismo tiempo que explica ciertos temas económicos aplicados a un contexto más cercano. Entre los temas que trata están los modelos de oferta y demanda, el coste de oportunidad, el valor del tiempo y del dinero, y otras cosas curiosas.

Entre las cuestiones que plantea se encuentran las siguientes:
  • ¿Por qué las latas de refrescos son cilíndricas y los botes de leche rectangulares? 
  • ¿Por qué en unos coches el tapón del depósito está a la derecha y en otros a la izquierda? 
  • ¿Por qué se enciende una luz cuando abrimos el frigorífico, pero no cuando abrimos el congelador? 
  • ¿Por qué los ordenadores portátiles funcionan con la red eléctrica de cualquier país y, en general, los demás aparatos no?
  • ¿Por qué las tiendas que abren las veinticuatro horas del día (365 días al año) tienen cerraduras en las puertas?
  • ¿Por qué los estuches de DVD son mucho más grandes que los de CD, a pesar de que los dos tipos de disco tienen el mismo tamaño?
  • ¿Por qué muchos bares cobran el agua a sus clientes, pero les regalan los cacahuetes?
  • ¿Por qué muchos fabricantes de ordenadores regalan programas cuyo valor en el mercado supera el precio del aparato?
  • ¿Por qué son exorbitantes los precios de los minibares en los hoteles?
  • ¿Por qué las tiendas exponen artículos navideños en septiembre?
  • ¿Por qué la costumbre de dividir en partes iguales la cuenta hace que la gente gaste más en los restaurantes? 

Este economista busca y encuentra explicación a estos y otros muchos pequeños enigmas, seleccionados durante sus más de dos décadas de actividad docente. Prueba palpable de que las mejores clases de economía no tienen como escenario un aula sino la vida real y que los principios de la economía desempeñan un papel determinante, y sorprendente, en nuestro día a día.
  
Robert Frank

Y este es precisamente el objetivo del libro, convertir una serie de historias, ejemplos y casos reales, en un material didáctico que permita captar, asimilar y recordar los principios más básicos de la economía de una manera amena y dinámica.

APLICACIÓN PRÁCTICA EN EL AULA
El libro trata diversos temas económicos de una manera diferente y original. Entre ellos, destaca el concepto de coste de oportunidad.

En muchas ocasiones el consumidor se muestra irracional a la hora de concretar sus decisiones de consumo, no teniendo en cuenta el coste de oportunidad inherente a cada elección. En este sentido, Robert H. Frank muestra con un ejemplo este hecho, a través de la pregunta que se utilizó en una encuesta.


PREGUNTA DE LA ENCUESTA
Suponga que le ha tocado una entrada gratis para ir esta noche a un concierto de Eric Clapton:
  • No puede venderla.
  • Bob Dylan toca también esta noche y su concierto es la única alternativa que considera.
  • La entrada para el concierto de Bob Dylan cuesta 40 dólares y estaría dispuesto a pagar hasta 50 por verlo cualquier día (dicho de otro modo, si la entrada de Bob Dylan costase más de 50 dólares, no iría a verlo, aunque no tuviese otra cosa que hacer).
  • No hay más costes que considerar en ninguno de los dos casos.

¿Cuál es para usted el coste de oportunidad de asistir al concierto de Eric Clapton?
a) 0 dólares
b) 10 dólares
c) 40 dólares
d) 50 dólares
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SOLUCIÓN:
Si va al concierto de Eric Clapton, tiene que renunciar al concierto de Bob Dylan, que es la única actividad alternativa por la que estaría dispuesto a pagar dinero.
Si no va a este concierto, deja de ver una actuación que habría tenido para usted el valor de 50 dólares, pero ahorra los 40 que habría tenido que pagar por la entrada de Bob Dylan.
Por tanto, el valor de aquello a lo que se renuncia es 50 – 40 = 10 dólares.
Si ver a Eric Clapton tiene para usted un valor de al menos 10 dólares, debería ir a este concierto. De lo contrario, debería ir al de Bob Dylan.
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Esta pregunta se utilizó en el Estudio que elaboraron Paul J. Ferraro y Laura O. Taylor en 2005 sobre la percepción del coste de oportunidad. Dicho estudio se puede descargar aquí.

Entre los resultados y conclusiones a las que llegaron, destacan los siguientes:
  • Sólo acertó el 7,5% de los estudiantes universitarios que había realizado un curso de economía.
  • En cambio, hubo un 17,2% de acierto en un grupo que nunca había estudiado economía.
  • De 199 economistas profesionales asistentes a una reunión anual de la Asociación Económica Americana, sólo respondieron correctamente un 21,6%.
  • Una de las conclusiones a las que llegaron, es que el coste de oportunidad es uno más entre los cientos de conceptos con los que los profesores bombardean a los estudiantes en los típicos cursos introductorios. En consecuencia, los estudiantes apenas se quedan con una noción vaga de este concepto. Además, descubrieron que en los principales manuales introductorios de economía no se dedicaba suficiente atención a dicho concepto.


Por todo ello, Robert H. Frank considera, y estoy de acuerdo con él, que una forma efectiva para que el alumnado aprenda bien cualquier concepto es utilizar preguntas. La serie de ensayos que se pueden leer en el libro intentan precisamente sacar jugo a esta metodología.

Para aplicar esto de una manera efectiva, se debería pedir al alumnado que los posibles trabajos que tuvieran que hacer, tengan por título una pregunta, y que ésta fuese lo más interesante posible.  Esto debería ser así por tres motivos:
  1. Para dar con una pregunta interesante los estudiantes suelen verse obligados a considerar antes otras muchas preguntas, lo que es un buen ejercicio que facilita el aprendizaje.
  2. Cuando a los estudiantes se les ocurren preguntas interesantes, se divierten más con el trabajo y se esfuerzan más.
  3. Y si la pregunta planteada por el estudiante es interesante, es más probable que éste hable de ella con otras personas. Si un estudiante no puede sacar una idea del aula y utilizarla fuera, no llega a comprenderla. En cambio, si la utiliza por su cuenta, la hace suya para siempre.


Robert Frank